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El ritmo en la multitud y la soledad del hombre

I

En el modo de moverse de las multitudes pudiera apreciarse la situación social de un país: lo advertimos por el ritmo o la falta de ritmo, por la forma en que se aglomeran los individuos, o el vacío que ellos dejan libre, espacio sin contacto humano.

Por esta observación podemos aproximarnos a la situación de equilibrio o de aturdimiento colectivo de una comunidad o ciudades. El ritmo de las multitudes puede darnos una señal del estado de salud o enfermedad presentes en la sociedad de que se trate. Comprobamos, por ejemplo, una actividad coordinada y advertimos el ritmo de los individuos en la muchedumbre, que se manifiesta a la salida de las fábricas, de las oficinas, de las diversiones, de las competencias deportivas, de las fiestas religiosas y civiles. Con este muestrario pudiéramos conocer el estado de salud y el grado de humanización de la historia que está viviendo la comunidad, en cuyo caso estamos ante una sociedad organizada.

Los hechos que preceden a las grandes catástrofes nos develan un aturdimiento manifestado en lasitud o entrega, marcados con un extraño ritmo mecánico que denota ansiedad o depresión, y en tal caso pudiéramos anunciar la disolución de esa sociedad enferma.

Hay un ritmo, un modo de moverse la multitud que podemos llamar el “tempo de la finalidad” como objetivo que se presenta para ser realidad. No hay en el movimiento participación, y tampoco pausa. Por el ritmo que se imprime podemos juzgar el dominio o la libertad de un pueblo. Una crisis es el momento largo o corto, intrincado y confuso, en que pasado y futuro luchan entre sí. Es el momento de la historia en el que la minoría sincroniza menos con las multitudes, y aun las mismas entre ellas.

Las minorías creadoras anuncian el futuro, y lo hacen en el pensamiento, en la ciencia, la técnica, en la política, en el arte: en toda actividad creadora. También hay minorías que se retiran ante la confusión y se refugian en el pasado apegándose a él; pero es un pasado imaginario y no enteramente conocido. Ante los hechos, eligen la situación más ventajosa, la que se aviene a sus preferencias, y así eliminan los aspectos negativos de la realidad concreta. Surge entonces el “reaccionarismo”, que es la vuelta al pasado que desdeña todo lo presente. Las minorías reaccionarias desamparan al pueblo y viven de modo inerte, con la mirada puesta en las formas y hábitos adquiridos. El hombre burgués ha puesto la mirada en el ritmo incesante de la naturaleza que todo pretende explicarlo, y finge un dominio que no posee dentro del mundo colectivo, siempre en busca de la posesión de un pasado inalterable que la burguesía aspira decretar para siempre.

II

La tesis del filósofo Kierkegaard se ha presentado como una reacción contra el idealismo y la religiosidad formalista de la Iglesia oficial danesa y su teología fuertemente dominada por el hegelianismo. Kierkegaard lo hace en nombre del valor del individuo y de una fe personal y trágica no compartible con todos los demás seres que perciben su propia realidad. Es la soledad lo que enfrenta al hombre con su mismidad no compartida. Como el hombre en la multitud del cuento de Poe.

Aquí hallamos uno de los antecedentes del existencialismo del siglo XX. Las categorías fundamentales del pensamiento de Kierkegaard son las del individuo existente y sus posibilidades. Lo único real es el individuo singular y opuesto al absoluto: el todo absoluto. También el hombre individualizado se contrapone al concepto de pueblo o a la masa anónima.

El filósofo danés no simpatizaba con los ideales revolucionarios y democráticos del siglo XIX. La soledad del individuo es trágica, porque el individuo singular se enfrenta con su existencia que no está determinada por la necesidad (como en Hegel) sino por la ‘posibilidad’. Pero lo posible es infinito y hasta contradictorio, porque en la posibilidad todo es igualmente posible. Entonces las alternativas de la vida no pueden conciliarse en una síntesis dialéctica y no tienen solución. El hombre singular siente que reposa sobre la nada y que tiene que elegir. Escoger es un acto de voluntad, y hacerlo en el mundo le provoca angustia. Decidir por sí mismo crea en él la desesperación que es la enfermedad mortal: la nada.

III

El humanismo ha transformado el ritmo histórico, ha revelado los cambios en el transcurso del tiempo, a un ritmo más lento en lo individual pero no en la colectividad en general. Las crisis nos despiertan del letargo y sin embargo no podemos seguir el sendero con certeza, y tampoco situar la evolución de las sociedades en los cambios impredecibles que propician los grupos humanos en el ejercicio de la política.

Hoy no podemos decir si el humano como ser social se pertenece en su modo de existir, o solamente fragua su existencia atendiendo a los impulsos del inconsciente.

“El hombre es un callejón sin salida de la naturaleza, y es también una salida”, en palabras de Max Scheler. Tal salida es el camino que debemos trazar y abrir: es la acción humana como conocimiento realizado en cada individuo.

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